Cuando hasta las paredes hablan. Un breve recorrido por el grafiti de las primaveras árabes.

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Resistències i Dissidències ha concluido su miniciclo dedicado a la ciudad abordando tres perspectivas y cines muy diferentes, que han querido incitar a la reflexión y provocar la inquietud a cerca de las problemáticas  que se dan en las ciudades de occidente y, sobre todo, cómo los ciudadanos y ciudadanas inciden en sus hábitats, cómo resisten y disiden, ya sea de manera colectiva y organizada o de manera individual y anónima.

Ahora, con la apertura del miniciclo de la primavera árabe, encontramos muchas similitudes y paralelismos entre las tres primeras películas y las tres que seguirán. El primero de ellos vuelve a ser la apropiación del espacio urbano como plataforma de reivindicación, como lugar de generación de debate y de expresión colectiva. La película de Nadie sabe nada de gatos persas tiene como trama de relevancia la imposibilidad de acceder a los circuitos oficiales de expresión, siendo la música no religiosa considerada como una práctica contraria a la ley.

En este sentido, Casa Árabe Madrid organizó una exposición dedicada a otra de las prácticas que hemos abordado en Resistències i que además, en los países árabes es una de las más perseguidas: pintadas de la revolución, Street art de lo más revolucionario, en un contexto, además muy especial, donde las expresiones gráficas y e imágenes que toquen la religión pueden suponer un grave problema para sus autores, mucho más allá del problema que aquí pudiera causar.  Es por eso que cabe mencionar la importancia no sólo a nivel político, sino a nivel simbólico que tienen las pintadas realizadas en los países árabes y la increíble repercusión que han podido suponer en el imaginario colectivo de dichos lugares.

Las pintadas urbanas,  sumadas también al flujo underground de músicas consideradas delito por su carácter no religioso (como es el caso de nuestra película, Nadie sabe nada de gatos persas) forman un cuadro collage hecho de múltiples miradas, compuesto por cada uno de sus protagonistas, cambiando la idea colectiva no sólo que occidente tenía de los países árabes, sino también muy probablemente, la idea que hasta ahora tenían de ellos mismos, quedando registrado en imagen, música o pintada urbana un antes y un después de unos pueblos que aclamaron al unísono un fuerte grito de libertades colectivas.

Os invitamos a leer este texto extraído de la exposición antes mencionada organizada por Casa Árabe y que tiene como objeto visibilizar las pintadas y eslóganes que han dado voz a los rincones y muros más silenciados de las ciudades de la primavera.

“El deseo de cambio y ruptura de los ciudadanos árabes en las Revoluciones de Túnez, Egipto, Libia, Yemen… es tan intenso, tan vital, que sus ansias de comunicarlo y reivindicarlo han ocupado todos los espacios públicos disponibles. Al igual que han exprimido al máximo las potencialidades que las nuevas tecnologías de la comunicación ofrecen hoy en día, también has expresado y transmitido sus sentimientos, sus críticas y sus aspiraciones a través de los muros, las paredes y los rincones de todas las ciudades epicentro de la revolución. Han pasado claros mensajes al poder contra el que se baten, han conversado con sus ciudadanos y han transmitido al mundo exterior que quieren que todo cambie. El eslogan y el grafiti, entremezclados, nos dibujan el mapa político de la contestación y la rebeldía a través de una expresión artística espontánea e intensa, liberada tras décadas de censura, control y represión. Las revoluciones han sido (están siendo) una catarsis de libertad de expresión que impulsa también una nueva primavera de creación.

La dimensión de lo que está ocurriendo en esos países desde diciembre de 2010 tiene una gran profundidad histórica, están tratando de romper con un largo orden poscolonial que no situó la democracia y las libertades entre sus prioridades. Por el contrario, la soberanía popular fue  quedando relegada a favor de una cultural patrimonial y patriarcal del poder que finalmente quedó enquistada en un sistema clientelar y depredador de sus ciudadanos y su territorialidad. El insoportable sentimiento de desposesión de una generación joven, urbana y muy politizada es la alquimia que ha hecho explotar la movilización ciudadana. Desposeídos de sus derechos, de su dignidad y de los beneficios de los que sin duda goza la territorialidad en la que habitan (valor estratégico, hidrocarburos, cuna de grandes civilizaciones y religiones) han decidido tomar las riendas de su destino largamente usurpado.

Y esta revoluciones nos interpelan también a nosotros, mundo occidental siempre tan ligado al devenir de esa región central en las relaciones internacionales.

Al igual que no se ha construido ese orden depredador en la ciudadanía árabe y su territorialidad al margen de las políticas occidentales, tampoco se devolverán esos derechos nacionales e individuales a todos los hijos de la revolución sin que se cambien de manera radical los parámetros de la política occidental en esa parte del mundo y sus representaciones tan perniciosamente orientalistas.

Pero esa gran ruptura histórica no se logra en unos meses. Es un proceso largo y costoso que encuentra resistencias a la reforma, deseos de inmovilismo, intereses en mantener los beneficios adquiridos por ese statu quo, tan depredador como confortable para algunos actores regionales e internacionales. La democracia no se gana en un día, sino en años. Por ello, no se pueden sacar balances apresurados. Ni para interpretar esos problemas y desafíos bajo un prisma neo-orientalista, que aboca a un pesimismo en el que late el prejuicio de que los árabes no son capaces de culminar un proceso democrático. Ni para dejarse arrastrar por un romanticismo que cree que esas revoluciones ya han triunfado.

Tampoco se trata de una misma dinámica, porque el Mundo Árabe no es monolítico ni homogéneo. Cada país tiene su propio contexto interno, regional e internacional y , por tanto, las evoluciones van a ser diferentes en los resultados y en los ritmos del proceso de transición. Pero algo sí es seguro, ya nada volverá a ser como antes. Las oligarquías y sus clientelas han sido letalmente tocadas. No se trata de revueltas coyunturales que se difuminan en el tiempo y se consumen con una sabia mezcla de manipulación política y musculatura represiva. Es una nueva generación dispuesta a recuperar todo lo que la desposesión acumulada de décadas les ha confiscado.

Estas pintadas que recogen el momento álgido de la rebelión, no deben entenderse como algo que ya haya ocurrido, como un pasado reciente, sino como una de las etapas de un largo camino que sigue afrontando dificultades y grandes resistencias para transformar la naturaleza del poder establecido durante décadas. La revolución está viva y sigue haciendo hablar hasta a las paredes.”

Roser Colomar Palazón

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