Unos cuantos porqués

El pasado 2010 fue el año de la conmemoración del cincuentenario de la Independencia de 17 países africanos que supuso la descolonización del gran continente negro.

Para la ocasión, Casa África editó Cuadernos Africanos, unas interesantes publicaciones que abordan la cinematografía africana desde perspectivas internas y, en muchos casos, por sus propios directores/as. Además, realizó unas jornadas llamadas Utopía y Realidad: 50 años de ¿Independencias africanas? En cuyo material se apoya el presente artículo. En dichos cuadernos, Casa África pretende analizar el resurgir del cine africano, y cómo éste está tremendamente relacionado con el proceso de creación de los Estados Independientes de África, poniendo, además, en tela de juicio la situación de Independencia en la que se encuentran muchos (o todos) de los países de áfrica como consecuencia de un injusto y aplastante sistema colonial. Con este escrito pretendemos que el visionado del miniciclo dedicado a las revueltas árabes resulte más interesante y que las diferencias entre las 3 películas resulten conexiones una vez entendido el complicado proceso de descolonización y la búsqueda de la identidad post colonial a través de la gran pantalla.

En Resistències i Dissidències la cuestión de las revoluciones del norte de África constituyen un fenómeno que era necesario tratar y, siendo conscientes de su increíble complejidad, nos pareció clave en la comprensión del momento político y social que estamos viviendo. Para llegar a comprender las causas y las consecuencias de unas revoluciones que han tenido lugar en países diferentes, con sistemas políticos diferentes y con procesos diferentes, hemos creído interesante incluir una película histórica, La Batalla de Argel, junto a dos películas de reciente estreno, Nadie sabe nada de gatos persas y Cairo 678. Y para poder entender a los y las protagonistas de estas rupturas sociales… primero tenemos que saber unos cuantos porqués.

El cine africano es un instrumento de sensibilización social que nace de la lucha por la independencia a principios de los años 60. Se trata de un cine esencialmente sociopolítico que refleja y analiza las culturas y tradiciones africanas en conflicto constante con las impuestas por los países europeos coloniales, generando debate sobre las transformaciones sociales que vive el continente, y sobre todo las que se vivieron en la década de los sesenta o de las que hemos sido testigos en los últimos meses. Por ello, el cine africano se puede caracterizar por su marcada tenencia política y didáctica. De hecho, uno de los pioneros cineastas africanos, el realizador senegalés Ousmane Sembène, concebía el cine como arma política y afirmaba: “estoy en contra del cine comercial, estoy a favor de las películas que nos hacen debatir y progresar. Me gusta que la gente piense sobre lo que estoy diciendo en mis películas, pueden aceptar o no mis puntos de vista pero lo importante es ofrecer nuevas vías al pensamiento.”

Los primeros cineastas africanos descubrieron enseguida la urgencia de tener una imagen propia de sí mismos y vieron que el cine era la herramienta idónea para descolonizar la mente de las masas. Prueba de ello son los casos emblemáticos de Argelia, República Democrática de Congo y Angola. En el presente texto, nos vamos a centrar sólo en el caso Argelino, no por ser más importante, sino por operatividad con la película La Batalla de Argel, para la que es más que recomendable tener algunas nociones históricas tanto para su comprensión como para su disfrute.

Muchos de los pensadores no solo argelinos, sino en general africanos, plantearon la cuestión de la cultura como elemento fundamental para recuperar una identidad y una autoestima aniquiladas por el colonialismo. Esta búsqueda de un espacio verdaderamente africano, no sólo marcó el cine de los pioneros, sino que nunca ha dejado de ser la base sustancial del cine africano. Por ello, conocer este período fundacional en la coyuntura de las descolonizaciones es fundamental para entender los cines actuales que nos vienen del continente vecino e, incluso, de oriente.

Para rastrear la cultura identitaria de África, hay que tener en cuenta que los referentes culturales de estos países se basaban en una interacción de locales con europeos pero dicha interacción no consistía ni mucho menos en un feed back de saberes y convivencias, sino que más bien en un terrorismo prolongado que consistía en privar a los africanos y africanas de sus riquezas, de su autoestima y de la posibilidad se ser independientes. O lo que es lo mismo, crear un proceso de empobrecimiento para que África se convirtiera en totalmente dependiente. El mecanismo no resultará al lector difícil de comprender; saquear el continente para hacer frente a las cuatro grandes necesidades de occidente: mano de obra, una válvula de escape social, materia prima y mercados potenciales. Euroterrorismo en todo su esplendor, precolonial, colonial y, obviamente, postcolonial. Por supuesto, bajo todas las contradicciones que ésta práctica debería causar dados los ideales de libertad profesados por los blancos. Estas contradicciones suponían (y suponen) un problema de legitimidad legal e intelectual que había que justificar a toda costa. Es decir, a principios del siglo XX la mayoría de los pueblos africanos habían sido obligados a vivir bajo el orden europeo y los europeos intentaron racionalizar sus acciones en términos legales, filosóficos y religiosos. Con estas tres excusas de primera división, reservadas normalmente a intelectuales con plena legitimidad científica, la creación de un pueblo africano en inferioridad física y mental se les presentaba como una tarea de un alcance mucho más inmediato. Obligar a los africanos a vivir al día garantizaba su docilidad, y esto se conseguía cerrando cualquier camino hacia una actividad económica independiente. De hecho, las economías africanas precoloniales eran dinámicas e incluían varios tipos de comercio a base de productos agrícolas o artesanías y utensilios, adaptadas a la orografía y a las necesidades de cada pueblo.

Por otra parte, el control físico genera miedo, y el miedo causa empobrecimiento mental, lo que justificaba la coartada de los colonialistas a cerca de la incapacidad de los africanos para autogobernarse. La antropología, ciencia creada más o menos por esa época, y cuya definición era el estudio de pueblos distantes y exóticos, se apresuró en estudiar los países africanos en el contexto colonial hasta tal punto que se generó un desprecio hacia los habitantes del continente negro. Tanto es así que incluso las élites negras estadounidenses afirmaban no tener nada que ver con sus raíces africanas.

Ante la conquistas físicas y mentales de los colonos en territorio africano, hubo dos respuestas bien diferenciadas. Por una parte, muchos africanos aceptaron la superioridad blanca, a muchos de estos se les podía ver en puestos burocráticos u oficinas de gobernación, mientras que  la otra mitad siguieron luchando y tendrían un papel fundamental durante la década de los 50 y 60 durante las descolonizaciones.

Así pues, y dado que las autoridades oficiales no ofrecían ningún tipo de respuesta a las quejas y demandas de reformas por parte del pueblo, la agitación anticolonial empezó a subir de temperatura y cada vez eran más los y las que se sumaban a ese segundo grupo social. La resistencia se iba fraguando y las peticiones iban ya hacia la Independencia política. El reto intelectual era bucear en el pasado africano y encontrar los tótems, los caballos de lucha, los héroes de las resistencias alejados de la fuerte presencia cultural de los países colonos. Las actividades políticas como huelgas y movilizaciones se desencadenaron con fuerza y asiduidad en el Oeste y Norte de África. De hecho, Frantz Fanon, representante por Argelia en la reunión celebrada en Egipto en 1958 junto a otros muchos países que pedían la descolonización, justificó durante su ponencia  el uso de la violencia para acabar contra el colonialismo en Argelia, hecho que como veremos, fue así.

Una vez conseguida la Independencia, la armonía entre los nuevos países se tambaleó debido a las líneas fronterizas impuestas por lo colonos. Éstos, habían separado pueblos repartiéndose el continente negro como si fuera un pastel, y la cuestión era si debían volver a juntarse o no. Al acercarse la Independencia los colonos habían hecho hincapié en las diferencias para que los nuevos dirigentes permanecieran en la división territorial establecida sin tener en cuenta la orografía o los pueblos divididos. Pero la cuestión sin duda más grave es que entregaron el poder a una élite negra educada bajo el sistema educativo colonial. De esta manera, en vez de desarrollar indígenas, se desarrollaron según los patrones del comportamiento y la economía occidental. Con esta estrategia, el presente africano cincuenta años después de las independencias, se sigue debatiendo entre aquellos que intentan caminar por la vía de la autogestión indígena, buscando sus propios modelos de gestión, educación y crecimiento, y aquellos que prefieren sentirse felices siendo eternamente dependientes de los poderes occidentales.

Muchos africanos fueron “engañados” ya que vieron en la descolonización algo parecido a una libertad jamás vivida, cuando sin embargo en muchos casos no fue más que una transición, la sustitución de una élite blanca por una negra, para acabar siendo adictos a la ayuda gracias al negocio de las instituciones de ayuda internacional. La ayuda, como afirma Alex de Waal: es un ejemplo de manual de una actividad para la autojustificación y un perfecto paradigma de cómo las mejores intenciones pueden producir los peores resultados”.

Roser Colomar Palazón

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