Entrevista con Laurent Cantet. Director de la película “Recursos Humanos”

Laurent Cantet ( Francia, 1961) es guionista, director de cine y director de fotografía. Da el salto a la dirección en 1999 con la película Recursos Humanos. En el film a través del conflicto- generacional padre-hijo, el director plasma la pérdida de conciencia de clase del proletariado. Traza con bastante lucidez el nuevo escenario en que se inscribe la clase obrera e investiga de qué nuevas estrategias dispone el capital para perpetuar otras formas de explotación a la vez que se pregunta acerca del papel del sindicalismo o mejor dicho acerca de su pérdida de papel en un contexto deideologizado. A Recursos Humanos le siguió “El empleo del tiempo” (2001) dónde Cantet esboza una reflexión en la que combina el capitalismo y la vida cotidiana del hombre contemporáneo, más tarde llegó “Hacia el sur” (2005) y su exitosa “La Clase” (2008) por la que se llevó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y dónde esta vez Cantet se plantea el aula como un escenario multicultural que actúa como reflejo de la sociedad y trabaja con los retos, los límites y las problemáticas entorno a la educación. En definitiva un cine que manteniéndose alejado de la pedagogía fácil y del mitín panfletario, se acerca a la reflexión crítica acerca de aquellas cuestiones menos visibles, pero no por ello menos importantes, que sustentan las estructuras sociales de nuestras sociedades occidentales.

Otro artículo interesante sobre Recursos Humanos en está página

http://www.anticapitalistas.org/node/2801

Los recursos de lo humano

El título “Recursos humanos” es en primer lugar una reacción al cinismo de la expresión. Lo humano se dirige de la misma manera que las mercancías o los capitales … He tenido ganas de jugar con el doble sentido del término e ir más allá de la expresión administrativa codificada para intentar hablar de los recursos de lo humano.

“Recursos humanos”, son en primer lugar, dos personajes que se quieren y van a ponerse a luchar el uno contra el otro. Por un lado está el padre, que lucha para que su hijo se convierta en un joven lobo con los dientes largos según la imagen muy respetuosa que se hace de los directivos. Cuanto más se ahonda el foso entre él y su hijo más contento está. A través del recorrido de su hijo, vive una revancha social que ha sido sin duda siempre su razón de ser. Frente a él, está Frank, ese hijo en el que han cristalizado todas las esperanzas y todo el orgullo de la familia y que, por su parte, lucha para que su padre tome las riendas de su vida según la imágen de ese obrero que él siempre ha soñado.

Esta historia familiar íntima se inscribe en el contexto muy concreto de la fábrica. El mundo de la empresa no está ahí solamente de decorado. La fábrica es un lugar que me interesa mucho porque funciona como una lupa fijada sobre las relaciones humanas. Hay pocos lugares en los que las relaciones entre las personas sean tan fuertes. Las relaciones de poder pueden expresarse libremente, la jerarquía se impone como único modelo de funcionamiento, las desigualdades son más patentes que en ningún otro lugar. En el seno de la empresa, se pueden hacer ver cosas muy extremas mostrándolas de manera exagerada. Es como una micro sociedad en la que todo estuviera exacerbado.

La situación de Frank es, en cierto modo, un caso de libro. Al decidir hacer sus prácticas precisamente en la empresa en la que su padre es obrero, se expone deliberadamente. Entremezcla tan perfectamente lo íntimo y lo público que el menor de sus actos en uno de los registros tiene obligatoriamente repercusiones en el otro, consecuencias que por otro lado, no siempre controla, pero que le permiten progresivamente evaluar lo pesado de llevar que puede ser un compromiso personal.

Me parecía, además, importante situar esta relación padre-hijo en el universo del trabajo, porque es precisamente el trabajo el que estructura su historia común. El debate sobre las 35 horas se impone prácticamente por si mismo, en primer lugar porque quería inscribir la película en una actualidad inmediata. En “Recursos humanos”, se trata muy directamente el tema de las 35 horas, de los Sindicatos… Además, resulta que el paso a las 35 horas es una medida que tiene repercusiones inmediatas en la vida íntima de la gente, ya que rige justamente lo que se supone que escapa al mundo del trabajo: el tiempo libre, el tiempo que se tiene para uno mismo.

¿De tal padre tal hijo?

Es una verdadera banalidad decir que el padre, como la mayoría de nosotros, vive para trabajar. Tiene amor al trabajo bien hecho, está ligado a la idea de resultados y tiene una concepción stajanovista(1) del trabajo (“un muchacho bien entrenado, hace 700 piezas por hora”, explica orgullosamente a Frank que viene a verle trabajar por primera vez). Mantiene una relación muy íntima con su máquina, una unión casi de fusión con ella, está muy orgulloso de mostrársela a su hijo, de enseñarle su funcionamiento, un poco como un artesano con su herramienta. Es precisamente todo esto lo que le permite aguantar desde hace 30 años en su puesto de trabajo. Con respecto a esto, me acuerdo de una discusión que tuve con obreros muy jóvenes, en la fábrica en la que rodamos. Este stajanovismo(2), lo viven de manera ejemplar. Basta con ver la energía que ponen en el trabajo sobre sus prensas para evaluarlo. Pero de todas maneras me quedé muy sorprendido de oírles explicarme que ellos podrían hacer el doble de trabajo “si los viejos no les retrasaran”.

Además, tanto para el padre como para muchas personas, el trabajo es un valor en si mismo. Valora la fatiga, el sudor, como un ir más allá. Por muy alienante que pueda ser el trabajo, es a pesar de todo una realización personal. O en todos los casos, es vivido como tal. Por supuesto, se puede ver en esta concepción una estrategia íntima un poco cobarde, que tiene como único objetivo hacer el trabajo soportable. Para el padre, creo que la cuestión no se formula en estos términos. Trabaja porque hay que trabajar para merecer su lugar entre las personas. Es una cuestión de ciudadanía, también de dignidad. La reducción del tiempo de trabajo, para él es un lujo, no le gusta demasiado.

Todo esto no excluye que desee otra vida para su hijo. “El ascensor social” es una idea que tiene siempre en la cabeza, que le define tanto como su propio trabajo. Y si es el último en ponerse a hacer huelga, es porque toda su rebelión, toda su energía, están enfocadas hacia el éxito de su hijo. Sin cuestionar su propio lugar, es él quien va a llevar a su hijo hacia la felicidad.

Paralelamente, cuando Frank trabaja por el establecimiento de las 35 horas, lo hace también pensando en su padre, para mejorar su vida. Cuando constata que éste “sigue desconfiando”, esto, evidentemente, le molesta mucho. Todo lo que él mismo valora (una mayor flexibilidad en el empleo del tiempo, una menor monotonía, menos tiempo pasado en la fábrica y, sobre todo, la implicación de todos en el debate) desestabiliza demasiado a su padre que prefiere no cuestionarse el equilibrio bien probado de su vida. Frank constata en ello un fracaso muy doloroso. Se da cuenta de lo difícil que es hacer felices a los otros.

Frank trastorna radicalmente la jerarquía familiar. En primer lugar, él es quien quiere llevar la “felicidad” a su padre trabajando por la reducción de su jornada de trabajo. Pero sobre todo, a todo lo largo de la película, invierte el sentido de la transmisión. Comienza por ser sermoneado por su padre, casi infantilizado y, cuanto más avanza la historia, más es él quien da lecciones. Se convierte en adulto, y el padre cae en la trampa que él mismo ha creado. Se ve sobrepasado por su hijo, tanto desde un punto de vista social como desde el plano de la comprensión del mundo. Por mucho que se resiste (en el restaurante, por ejemplo, rechazando que sea Frank quien pague y, más tarde, decidiendo no hacer huelga…), es siempre Frank quien tiene la última palabra.

El hijo entre dos mundos

Uno de los postulados del inicio de la película es que la lucha de clases, que tiende a arrinconarse en el granero de la historia, es todavía una tema de actualidad, y que, todavía rige profundamente a la sociedad. En este marco, el sitio del padre está claramente definido, mientras que Frank, busca el suyo. Esta continuamente en vilo entre un porvenir que le excita bastante y una historia familiar que se le pega a la piel.

Quería que él asumiera perfectamente su estatus de directivo. Tiene el traje, la seguridad, a veces incluso la insolencia del directivo, y cree sinceramente tener un papel positivo que jugar en la empresa. Mira con un poco de condescendencia a los directivos que van tirando en sus despachos y que no le parecen “demasiado astutos”. Tiene bastante confianza en si mismo como para arremeter contra el arcaísmo de la empresa. Encarna perfectamente el neoliberalismo “con cara humana” que le han enseñado a lo largo de sus estudios y cuya hipocresía no puede o no quiere ver. Cree sinceramente que una empresa puede ser un lugar armonioso, que se pueden inventar en ella relaciones diferentes entre las personas, que se puede pensar en empresa de modo distinto y no solamente en términos de explotación. Tiene acentos reales de sinceridad cuando habla de responsabilización, de motivación de todos…

Frank quiere además, sacar provecho de su posición de directivo/hijo de obrero de la que está seguro hace de él el intermediario perfecto entre los dos campos. Pero esta idea, como la mayoría de las bellas ideas, resiste mal la prueba de la realidad. Había francamente sobrestimado su fuerza, y cae desde muy alto cuando comprende que ha sido manipulado.

Tiene entonces una reacción muy epidérmica, muy impulsiva. Más que tomar una decisión, se enfrenta. Intenta un cambio brusco uniéndose a los sindicatos, desencadenando la huelga, comprometiéndose en la lucha. Pero ahí también, lo que está en juego para él es de orden íntimo. Es su relación con su padre lo que más le importa. Lo que desea por encima de todo, es que su padre decida sobre su propia vida. Tal vez estuviera dispuesto a traicionar a su padre si éste se defendiera y siguiera el juego. Y ahí es donde Frank pasa a ser verdaderamente patético. Experimenta las relaciones de clase en su propia carne, ha probado su suerte en los dos lados de la barrera, y ahora sabe que no tiene sitio ni a un lado ni al otro. Está en medio de los dos, y sabe que permanecerá allí para siempre.

No será nunca un directivo feliz, pero es totalmente consciente de que estos pocos días de lucha al lado de los obreros no serán mas que un breve intermedio, que con toda honestidad, no puede seguir “jugando a ser obrero”, que tampoco es ese su sitio, que eso no le interesa.

La vergüenza

Esta vergüenza, probablemente la ha tamizado durante veinte años y, de repente, tiene la fuerza de formularla. En pocas palabras, él explica toda su vida: la vergüenza de este padre demasiado sumiso, la vergüenza de ser hijo de obrero, la vergüenza, actualmente, de tener vergüenza de ser hijo de obrero. Está resentido contra su padre por haberle transmitido su propia vergüenza, por haberle hecho crecer en la vergüenza de su clase, le reprocha haberle comunicado este sentimiento de indignidad que desemboca forzosamente en la vergüenza.

Su explosión, este arreglo de cuentas con su padre es tanto más violento e inadmisible cuanto que tiene lugar en público, en la fábrica, ante los otros obreros. Trabajamos durante todo un día en esta secuencia, y fue el momento más duro de todo el rodaje. Estábamos todos muy emocionados por lo que pasaba ante nuestros ojos. Los figurantes sobre todo, muy implicados en la historia, estaban tan conmovidos, incluso afectados, que entre las tomas se hacía un silencio absoluto. Y en ese mismo momento, empecé a dudar de la secuencia. En particular, cuando Jean-Claude, el padre, se rompe completamente. Este personaje tan sólido, tan categórico, tan instalado en sus posiciones, estaba desestabilizado, y olvidaba todo el pudor tosco que le caracterizaba. Ese leve temblor de los labios que tiene al final de la secuencia, en su escala, es un verdadero terremoto. Todo el mundo estuvo muy sensibilizado, y cuando la señora Arnoux, la sindicalista, se acerca a él, es realmente para reconfortarle, sin preguntarse si la cámara sigue rodando o no. Y luego, pasó algo extraño: Jean-Claude pidió volver a hacer una toma suplementaria, porque esta vez, se sentía dispuesto a ir todavía más lejos en la emoción.

El otro padre

La tercera gran figura de la película, es sin duda el patrón, con quien Frank establece una relación casi filial. El patrón, como el padre, tienen verdadera confianza en Frank, establecen de entrada su relación en un terreno afectivo, no dudan en mostrarse muy paternalistas. Frank siente un verdadero orgullo cuando la idea de consultar a los obreros parece gustar al patrón. El orgullo de un niño a quien su padre felicita. Y la traición del patrón es por lo tanto más dolorosa. Viene a sellar, para Frank, la imposibilidad de estar también de este lado. Sin embargo, me parece que el momento del verdadero encuentro entre los dos hombres se sitúa después de la crisis, después de que Frank se haya dado cuenta de que había sido manipulado. Ahí es donde el patrón está más próximo a Frank, cuando se compadece verdaderamente, y se siente conmovido por la angustia de ese hijo que podría haber sido el suyo. Pierde toda su seguridad, su voz tiembla… Y continúa reivindicando una filiación posible afirmando a Frank que él mismo tendrá que tomar estas decisiones en el plazo de unos años, cuando sea un directivo.

Encontrar su lugar

Frank ha experimentado las dos vertientes posibles de su existencia, y está en un callejón sin salida. Sabe que no tiene sitio en ningún lugar. Toda la película, puede resumirse en este cara a cara de un individuo solo frente al grupo en el que no llega a integrarse.

A lo largo de la última secuencia, en la fiesta que marca el principio de la huelga, he querido que él estuviera muy al margen, espectador de un mundo perdido, nostálgico. El se ve ya lejos de todo eso. Es como si ya estuviera frente a viejos recuerdos. Los otros están lejanos, las voces le llegan atenuadas y confusas. El ve todo eso como una ceremonia de adiós. Y está ese cara a cara con el padre, esa mirada que subraya más su separación definitiva en vez de crear vínculos entre ellos. Ya no pueden más que mirarse. Uno y otro aceptan su separación, Frank se ha convertido en un adulto, y el padre ha tomado las riendas de su vida como lo deseaba su hijo: por primera vez en su vida ha parado la máquina.

Al final del último plano, ese largo travelling cuya forma un poco ceremoniosa puede sorprender con respecto al resto de la película, Frank se encuentra sólo en la imagen, y parece increpar a todo el mundo con su pregunta. ¿dónde está tu sitio?

El método

Más que hablar del proceso de creación de la película, prefiero hablar del método de trabajo que me ha permitido llevarla a cabo: tenía la historia en la cabeza, tenía una visión global de la película. Pero yo no conocía bien el mundo de la empresa que nunca había visto desde el interior, no soy de origen obrero, nunca he sido militante. De repente, creo que tenía necesidad de hacer validar mis ideas por aquellas personas para quienes ésto era lo cotidiano. Esto desembocó en un método de trabajo cercano al que yo había establecido en mis películas anteriores, pero esta vez lo hice llegar un poco más lejos. Organizamos la selección del reparto en las Oficinas de Empleo, en las asociaciones de parados y en las asociaciones de ayuda a los parados. Los papeles de los obreros los hicieron personas que son obreros o lo han sido, la sindicalista es una verdadera sindicalista, el patrón es un verdadero patrón. Trabajamos durante todo un mes con los diferentes actores. Se hicieron improvisaciones, largas discusiones que filmamos en vídeo, y que nos suministraron la materia definitiva del guión. Hizo falta rodar mucho, construir, adaptar a veces la trama a lo que esas semanas de trabajo me habían hecho descubrir. Este método, es ante todo una atención a las cosas y a las personas, a los detalles que a menudo dicen más que un largo diálogo, a los cuerpos sobre todo, a las actitudes.

Me gusta trabajar con aficionados. Trabajar, no sobre el conocimiento de un comediante, su capacidad para hacer existir un personaje, sino sobre una manera de ser. Para esta película, me parecía que el actor con más talento no podría encontrar la posición de un cuerpo inclinado sobre su máquina, las posturas, los gestos muy discretos, la manera de hablar y, sobre todo, el nivel del lenguaje, todo en lo que, en mi opinión, consiste la precisión de la película. Dicho esto, considero a los aficionados como verdaderos comediantes, no espero de ellos que se abandonen a sí mismos sobre la pantalla, hay un verdadero trabajo de puesta en forma de los personajes. Llegado el rodaje, hay un guión totalmente clásico, diálogos precisos, obligaciones de ajustes, un calendario de trabajo… La única diferencia, es que las palabras que yo les presto son las suyas, que la construcción de las frases ha integrado su manera de hablar, que se respetan sus tics de lenguaje … Dicho esto, soy tan exigente respecto a ellos como lo podría ser con respecto a un profesional.

Jalil Lespert que hace el papel de Frank no es un aficionado, pero tengo la misma relación con él que con un no-profesional, porque cada vez que actúa en una de mis películas (mi primer cortometraje fue también su primera película) llega a ella tan virgen como la vez anterior. Con él, se trabajó mucho sobre el nivel de lenguaje que debía variar en función de las situaciones: muy familiar en el plano privado, muy “profesional” en la fábrica. Muy profesional, pero a pesar de ello un poco apurado. No es su lenguaje, lo ha aprendido de adulto. Queríamos que él pareciera como haciendo una representación cuando se encuentra ante el patrón o el Director de Recursos Humanos, intentamos dosificar los fallos, las “faltas”, sin quitar credibilidad al personaje, sin hacerle perder su solidez.

Con la preocupación de “frotarnos” con la realidad, rodamos en una empresa en plena actividad, prácticamente en las condiciones de un reportaje. Nos injertamos en la actividad de la fábrica, intentando molestar lo menos posible a los obreros. Hubo una verdadera colaboración por parte de la empresa, que puso a nuestra disposición las máquinas aunque la empresa estaba en funcionamiento y había por lo tanto pedidos que respetar. Había una presión continua que nosotros compartimos: piezas que había que entregar cada noche en la fábrica Renault. Me parece que todo eso se ve en la película, que ello impuso una sobriedad, una economía de medios, un enfoque bruto de las cosas que me gusta.

El grupo

Filmar a un grupo es una constante en mi trabajo. Hacer cine es seguramente una manera de estar a la vez dentro del grupo y de ser un espectador del grupo. Hay mucha gente en las escenas de la fábrica, los actores, los obreros y el equipo de rodaje. Me gusta que el guión sea un dispositivo que genere situaciones suficientemente caóticas como para estar obligado a luchar, en el rodaje, con las cosas que no domino. Eso me parece una manera eficaz de reflejar lo real. Admitir que hay muchas cosas que no se pueden expresar. Cada plano se convierte así en una especie de apuesta. A partir de un guión relativamente descarnado, apuesto sobre el hecho de que alguna cosa que se me escapa va a suceder, a pesar de la pesadez del dispositivo de rodaje, de las 15 personas que están alrededor, a pesar de los 5 camiones de material que esperan fuera. Algo que yo habría forzosamente inducido, aunque solo fuera el ponerme en situación de ser sobrepasado.

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